Dioses discapacitados: los herreros divinos

Es sabido que en muchas culturas, los herreros divinos son cojos. Es una extraña característica que comparte tanto el Hefesto griego como el Vulcano latino (Dios que, al parecer, no procedería del Hefesto continental sino del Velcano cretense).

En el mito tradicional griego se cuenta que cuando la diosa Hera vio a su hijo recién nacido, Hefesto, le pareció tan enclenque que lo arrojó desde la cima del Olimpo. No quería que nadie supiera que había dado a luz a un dios tan debilucho. Hefesto sobrevivió a esta terrible caída, y ni siquiera sufrió ningún daño, porque cayó en el mar y fue recogido y cuidado por las diosas Tetis y Eurinome. Agradecido, el muchacho construyó su primera fragua bajo el mar y empezó a fabricar joyas y herramientas para las amables diosas marinas.

Por tanto, parece que la causa de su cojera no fue esa caída, que hubiera matado a otro cualquiera (caer sobre el mar desde una altura considerable no es muy diferente a caer sobre tierra). Cuando en el Olimpo se supo que Hefesto era un gran herrero, se le permitió regresar junto a los dioses.

Return of Hephaestus to Olympus, with Dionysus & Hera | Greek vase, Athenian red figure skyphos

Hefesto regresa al Olimpo

Tiempo después, Hefesto vio cómo su padre Zeus colgaba de las muñecas a su madre Hera como castigo por la rebelión Hera, que se las había apañado para dormir a su divino esposo, para así poder maltratar tranquilamente a Heracles (estaba celosa porque el héroe era hijo de Zeus con la mortal Alcmena).

Al ver a su madre colgada del cielo, Hefesto reprochó a Zeus su crueldad. Furioso, el padre de los dioses arrojó de nuevo a Hefesto desde el Olimpo . Esta vez la caída fue terrible, duró un día entero y acabó estrellándose en la isla de Lemnos. Se rompió las dos piernas, lo que justifica el epíteto con el que Homero suele referirse a el: “Hefesto, el ilustre cojo de ambos pies”

Gracias a la ayuda de los habitantes de Lemnos, Hefesto logró recuperarse, aunque se vio obligado a caminar con muletas de oro, que él mismo  fabricó. Finalmente, Zeus le perdonó y le nombró herrero divino.

Esta es la historia de la minusvalía de Hefesto.

Otros herreros minusválidos

Pero Hefesto no es el único herrero de la mitología griega que tenía algún tipo de discapacidad física. Los cíclopes herreros, Brontes, Arges y Estéropes quizá no eran cojos, pero sí tenían un sólo ojo.

En opinión de Robert Graves y otros mitógrafos, como Marcos Méndez Filesi, los herreros divinos

“pueden haber sido lisiados deliberadamente para impedir que huyeran y se unieran a las tribus enemigas” (Graves, Los mitos griegos)

“En general, los personajes mitológicos vinculados con el mundo de los herreros suelen ser cojos, lo cual quizá esté relacionado con la costumbre de lisiarlos para que no se fueran a otro lugar” (Marcos Méndez Filesi, Dédalo y Völundr en El jardín de los dioses)

Es una explicación que resulta muy convincente a primera vista: los herreros fabrican armas y son indispensables para la defensa frente a los enemigos. Pero también son muy valiosos y pueden ser tentados por otros pueblos a cambio de grandes sumas de dinero, así que lo mejor es lesionarlos para que no puedan huír.

La perdiz coja

Otra explicación es que esta cojera podría tener que ver con la perdiz, que practica un extraño baile en el que se mueve de una lado a otro cojeando, al parecer para salvar a sus crías atrayendo hacia sí la atención de los depredadores, que ven más fácil capturar a una perdiz coja que a una cría inquieta. Cuando el depredador se acerca a la perdiz coja, ella levanta el vuelo, dejándole con un palmo de narices. Otra versión asegura que es la perdiz macho la que cojea cuando quiere seducir a una hembra: en realidad se sujeta un talón con el que golpeará a sus rivales.

Por cierto, hay otro herrero que es lanzado desde gran altura, Talos, que fue discípulo y rival de Dédalo, por lo que el futuro constructor del Laberinto, celoso del talento de su aprendiz, lo arrojó desde la Acrópolis. Talos no llegó a quedarse cojo, sino que murió, pero enseguida su alma remontó el vuelo en forma de perdiz, lo que es una sugerente asociación con la cojera.

A ello debemos añadir que Dédalo construyó un autómata de bronce llamado Talos, tal vez en recuerdo de su alumno. El autómata daba la vuelta cada día a la isla de Creta, para protegerla. Sólo tenía un punto débil, en el talón. Sin duda tampoco esto es casual, sobre todo si tenemos en cuenta que, según dice Graves, uno de los nombres de Talos era Tántalo (“cojeando” o “tambaleando”).

Señala Graves que mitos semejantes se encuentran en África Occidental o Escandinavia. Y es cierto, porque en los mitos germanos hay muchos personajes relacionados con la metaluia que tienen algín tipo de minusvalía, incluso el propio Odín. Otro es Wyland o Völundr, un herrero que había construido una joya tan prodigiosa que despertó la codicia del rey de Suecia:

Cuando Nídud, el rey de Suecia, se enteró de que existía un collar tan espléndido mandó a sus hombres que se lo trajeran. Aprovechando que Völundr había salido de su casa, los soldados entraron y encontraron el collar. Sin embargo, no se atrevieron a robarlo y se limitaron a llevarse una anilla. Al regresar, Völundr se dio cuenta de que faltaba una anilla pero pensó que, ya de vuelta, se lo habría llevado su mujer Álvit. Mientras la esperaba, se quedó dormido y los soldados le aprisionaron.

Para impedir que huyera, Nídud ordenó que le cortaran los tendones y que lo abandonaran en un islote enfrente de la costa llamado Sevarstad («El enclave del mar»). Además, se quedó con su espada y dio la anilla de oro a su hija Bódvild.

(Marcos Méndez Filesi, Dédalo y Völundr en El jardín de los dioses)

File:Völund.jpg

En realidad no fue el rey, sino la reina quien impuso a Völundr el terrible castigo de dejarlo cojo, pero a partir de ese día el herrero

tuvo que trabajar sólo para el rey Nídud y su corte (aunque acabó vengándose de todos ellos).

Otros herreros no son minusválidos, sino de pequeña estatura, como los nibelungos, pero no me ocuparé ahora de ellos, sino que les dedicaré una futura entrada.

La hipótesis de Mircea Eliade

Mircea Eliade dice que hay otros herreros cojos en culturas muy alejadas, como en Japón, donde encontramos dioses herreros como Ame no ma-hitostt no kami “la divinidad tuerta del cielo”, que se caracterizan por tener un sólo ojo sano y tener una sola pierna.

Pero Eliade no parece compartir la idea de que estos mitos de héroes cojos procedan de la costumbre de mutilar a los herreros para que no se escapen, sino que propone otra posible causa

“Las invalideces de los personajes (tuerto, cojo, etc.) recuerdan probablemente mutilaciones relacionadas con la iniciación”.

Se trataría de un reflejo de las iniciaciones propias de las sociedades secretas de guerreros (mannerbunde).

La hipótesis de Toynbee

Pero frente a la hipótesis, que realmente resulta ingeniosa y elocuente, de que a los herreros se les lesionaba porque eran demasiado importantes como para permitir que pudieran unirse a los enemigos y fabricar armas para ellos; y frente a la teoría de Eliade acerca de las huellas de un rito iniciático, el historiador Alfred Toynbee, en su monumental Estudio de la historia, ofrece otra explicación. El mito de que los herreros tenían que ser cojos fue creado para que los minusvalidos no fueran eliminados o desterrados de la sociedad.

Hay que recordar que en lugares como Esparta se abandonaba o arrojaba a un barranco a los niños con discapacidades físicas o gran debilidad.

De este modo, el mito de los herreros tuertos y cojos podría pertenecer a la misma clase de mitos que el que traté en detalle en La utilidad de los mitos, al examinar un mito de los Nartos osetas en el que se explicaba por qué se dejó de practicar la costumbre de arrojar a los ancianos por un barranco. Se trata de mitos en los que en vez de justificarse prácticas crueles, se propone una manera más humana y civilizada de tratar a las personas más débiles.

No es este lugar (lo trataré en otro momento con detalle) para referirme a otro de estos mitemas (que no sé todavía cómo llamar, tal vez “mitos que salvan”), el del abandono de la costumbre de matar a los reyes o a los chamenes ancianos. Sólo mencionaré aquí algunas cosas que cuenta Frazer en La rama dorada, muy relacionadas con las minusvalías:

La costumbre de matar a los reyes tan pronto como sufrían algún defecto personal, se mantenía hace dos siglos en el reino cafre de Sofala. Ya hemos visto que estos reyes de Sofala eran considerados por su pueblo como dioses y de ellos impetraban la lluvia o el sol, según hiciera falta. Sin embargo, una ligera tacha corporal como la caída de un diente, por ejemplo, se consideraba causa suficiente para condenar a muerte a uno de estos hombres-dioses, según vemos por el siguiente relato de un antiguo cronista portugués: “Fue antiguamente costumbre de los reyes de este país suicidarse tomando un veneno cuando caía sobre ellos algún desastre o defecto físico natural, tales como impotencia, enfermedad infecciosa, pérdida de un diente frontal, por lo que quedarían desfigurados o sujetos a cualquiera otra deformidad o aflicción. Para poner término a tales defectos se mataban a sí mismos, diciendo que el rey debe estar libre de cualquier tacha o, si no, era mejor para su honor morir y buscar otra vida donde estuviera entero, pues allí todas las cosas son perfectas. Pero el Quiteve [rey] que reinó cuando yo andaba por aquellos lugares no imitó a sus predecesores en esto, siendo discreto y respetable como era, pues habiendo perdido un diente incisivo,ordenó que se proclamara por todo el reino para que todos fuesen sabedores de haber perdido un diente y que así pudieran reconocer al rey cuando le vieran sin él, y si sus antecesores se mataron ellos mismos por tales cosas, fueron muy necios y él no quería hacerlo; al contrario, estaría muy triste cuando, pasado el tiempo, llegara para él la muerte natural, pues su vida era muy necesaria a la conservación del reino para defenderlo de sus enemigos. Y recomendaba a sus sucesores que imitasen su ejemplo.”

Y antes este estupendo ejemplo, comenta Frazer:

El rey de Sofala que se atrevió a sobrevivir a la pérdida de su diente delantero fue así un reformador intrépido semejante a Ergamenes, rey de Etiopía. Podemos conjeturar que la causa que incitaba a matar a los reyes de Etiopía, como en el caso de los reyes de los zulúes y de Sofala, era la aparición de alguna falta corporal o signo de decadencia y que el oráculo que los sacerdotes alegaban como autoridad para la ejecución regia indicaba las grandes calamidades que resultarían del reinado de un monarca que tuviese un defecto cualquiera en su cuerpo; de igual modo que un oráculo advertía a Esparta contra un “reino cojo” o sea el reinado de un rey cojo. (…) Aun hoy, el sultán de Wadai no debe tener ningún defecto corporal visible y el rey de Angoy no puede ser coronado si tiene solamente un defectillo tal como un diente roto, desenfilado o la cicatriz de una herida antigua. Según el Libro de Acaill y muchas otras autoridades, ningún rey que estuviera maculado por un sencillo defecto podía reinar en Irlanda, en Tara, y por esta causa el gran rey Cormac Mac Art, que perdió un ojo en un accidente, abdicó en seguida.

A la vista de estas bárbaras costumbres, que como se ve, no sólo afectaban a las gentes comunes, sino incluso a los reyes, una manera de proteger a los minusválidos, cojos, mancos, tuertos, enanos, era asegurar mediante un mito que eran especialmente sabios y  útiles en las tareas de la fragua. Tal vez no pudieran participar en una batalla o colaborar en tareas que requirieran agilidad, pero sí eran perfectamente capaces de permanecer en la fragua incluso aunque sólo tuvieran una pierna.

Curiosamente, en otro de los poemas del Edda Mayor, el Hávamál (Los dichos de Har), que tiene un contenido ético bastante notable, también se defiende a los minusválidos:

El cojo cabalga, el manco a pastor,

el sordo en la lucha sirve;

mejor estar ciego que estar quemado.

¡A nadie aprovecha un muerto!

Del mismo modo que existen algunos mitos que parecen haber sido inventados para proteger a los viejos (ver de nuevo La utilidad de los mitos), hay otros que tal vez tienen su origen en el deseo de proteger a personas con discapacidades físicas. Uno de estos ejemplos podría ser el de los herreros divinos.

Confieso que la teoría de que tras estos mitos o mitemas (motivos míticos) se esconde un intento de proteger a quienes estaban condenados a ser arrojados por un precipicio o abandonados me parece muy hermosa, además de éticamente superior, por supuesto, a la que sostiene que les cortaban los tendones o les rompían las piernas para que no se escapasen. Pero mis gustos personales no sirven como demostración, por supuesto. Tal vez la teoría de Graves y Méndez Filesi, o la de Eliade, sean las correctas, o tal vez lo sean todas, incluída la de Toynbee, porque el desarrollo y evolución de cuaquier pueblo o cultura es demasiado complejo para redicirlo a una explicacon única más o menos ingeniosa y simplista.

Una última hipótesis

Sin embargo, es posible que la verdadera explicación sea incluso más sencilla que la de Toynbee o la de Graves, además de que explica las coincidencias de este mitema en culturas diversas y alejadas con mucha más facilidad.

No la he encontrado en ningún autor, a pesar que parece de sentido común, pero tampoco he leído ni siquiera un 10% de los libros sobre mitología.

Mi hipótesis es que se representa e imagina a los herreros tuertos, cojos o mancos porque el trabajo de herrero está expuesto a muchos accidentes. Es fácil que salte una chispa en un ojo, o clavarse o golpearse una mano o un pie. Es sabido, además, que los herreros solían taparse un ojo para protegerse de las lascas o chispas (se tapaban el que estaba en la trayectoria del golpe), con lo que era frecuente ver a herreros que parecían tuertos aunque no lo fueran.


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Seres proteicos: 1. Tuan Mac Carell

El Leabar Ghabala (Libro de las invasiones) cuenta la historia de los distintos pueblos que llegaron a la isla de Irlanda desde el principio de los tiempos.

Los primeros pobladores desembarcaron poco antes del diluvio y fueron tragados por las aguas. Más tarde llegaron otros pueblos; casi todos ellos desaparecieron sin dejar rastro, quedando desierta de nuevo la isla.

El problema que se plantea con este tipo de relatos es: si la isla quedó desierta, ¿quién contó la historia de esos pobladores extinguidos?

Otra versión de las sucesivas invasiones de la isla propone una solución al problema: la existencia de un testigo que sobrevive a todas las extinciones.

El primer manuscrito en el que se encuentra esta explicación es del año 1100 (The Book of The Dun Cow), pero la historia que contienen sus páginas se remonta al siglo VI, cuando san Finnen llegó a Irlanda y fundó un monasterio en Mag-bile, Ulster.

San Finnen quiso visitar un día a un rico guerrero que vivía cerca del monasterio, pero no le dejaron entrar en su fortaleza hasta que el monje recurrió “al medio que la ley irlandesa ponía a disposición de los débiles para conseguir que los fuertes cediesen ante su demanda”. Este medio era el ayuno.

Cuando el guerrero le recibió en su hogar, Finnen le preguntó quién era. El guerrero respondió:

“Soy originario del Ulster. Mi nombre es Tuan, hijo de Carell (en irlandés, Tuan mac Cairill); mi padre era hijo de Muredach Munderc. Este desierto lo he heredado de mi padre; pero hubo un tiempo en que me llamaban Tuan, hijo de Starn, hijo de Sera. Starn, mi padre, era hermano de Partolón.”

El monje Finnen debió quedar muy asombrado, porque Partoón es considerado uno de los primeros pobladores de Irlanda tras el diluvio. Finnen pidió a Tuan que les contase la historia de Irlanda. Entonces dijo Tuan:

“Partolón, hijo de Sera, vino a establecerse en Irlanda. Había sido desterrado; le acompañaban veinticuatro hombres, cada uno de los cuales venía con su mujer. Sus compañeros no eran particularmente inteligentes. Vivieron en Irlanda hasta que llegaron a sumar cinco mil de la misma raza. Entonces les atacó una enfermedad mortal y todos perdieron la vida en el término de una semana; sólo un hombre sobrevivió. Porque es sabido que nunca sobreviene una mortandad sin que de ella escape alguien para contarlo. Ese superviviente único fui yo.”

De este modo el relato soluciona aquel enigma de quién contó cómo llegó y cómo se extinguió la primera población de Irlanda. Durante el breve tiempo que Partolón y sus hombres permanecieron en Irlanda construyeron bastantes cosas, según se deduce por el relato de Tuan:

“Cuando me quedé solo fui de fortaleza en fortaleza, de roca en roca, para ponerme al abrigo del ataque de los lobos. Durante veintidós años no hubo en Irlanda más habitante que yo. Caí en la decrepitud y llegué a una vejez extrema. Vivía en las rocas desiertas pero ya no podía correr, y las cavernas me servían de asilo.”

Fue entonces cuando desembarcaron en Irlanda los hombres de Nemed, hijo de Agnoman, que era tío del propio Tuan Mac Carell, aunque ese parentesco no pareció darle mucha confianza:

  “Lo vi desde lo alto de las rocas y me las ingenié para no ser descubierto. Mis cabellos y uñas eran largos; estaba decrépito, gris, desnudo, sumido en la miseria y el sufrimiento.

Tuan Mc Carell

 

Sin embargo, los problemas de Tuan se solucionaron de una manera asombrosa:

“Una noche me dormí y por la mañana desperté con una forma diferente: me había transformado en un ciervo. Había vuelto a encontrar mi juventud la alegría de mi espíritu, y canté versos sobre la llegada de Nemed y de su raza, así como sobre la metamorfosis que yo mismo acababa de sufrir.”

Si antes Tuan no hizo ningún intento de acercamiento a los recién llegados, convertido en ciervo, resultaba mucho más peligroso:

“Eran poderosos guerreros que hubieran podido herirme cruelmente en el combate; pero sobre mi cabeza lucían dos cuernos armados de sesenta puntas.”

Convertido en el jefe de los ciervos de Irlanda, Tuan vivió hasta que los descendientes de Nemed llegaron a ser “cuatro mil treinta hombres y cuatro mil treinta mujeres”, momento en el que también murieron todos. Ahora Tuan era un viejo ciervo, cada vez más débil, pero entonces:

“Cuando estaba en la puerta de mi caverna -guardo clara memoria de ello-, la forma de mi cuerpo cambió y fui transformado en jabalí.”

Tuan decidió celebrar en verso su nueva metamorfosis

“Hoy soy jabalí… soy rey, soy fuerte, venceré.
Hubo un tiempo en que formé parte de la asamblea que rehabilitó a Partolón.
¡Cuán agradable era el canto de mi brillante sentencia! 
Agradó a las jóvenes, que, por cierto, eran muy bonitas. 
Mi canto era a la vez bello y majestuoso. 
Mi voz producía sonidos graves y dulces… 
Mi paso era rápido y seguro en los combates. 
Tenía un rostro encantador… 
Y héme hoy aquí convertido en un negro jabalí”.

A pesar de recordar con nostalgia su tiempo como hombre, Tuan enseguida se consoló al recobrar las fuerzas de la juventud, y se convirtió en rey de los rebaños de jabalíes de Irlanda. Ahora se había dado cuenta de que siempre que llegaba la vejez debía acercarse a su antigua casa del Ulster. También debía observar tres días de ayuno antes de la transformación. En diferentes formas pudo presenciar la llegada a Irlanda de Semión hijo de Stariat, de quien descienden los Fir Domnann, los Fir Bolgy y los Galiuin. Sintiéndose de nuevo viejo, regresó a su antigua casa y se sometió al ayuno:

“Al cabo de esos tres días mis fuerzas se habían agotado totalmente. Entonces fui metamorfoseado en un gran buitre, o, para decirlo de otra manera, en una enorme águila de mar. Mi espíritu recobró su alegría. Otra vez fui capaz de todo: devine curioso y activo, recorría toda Irlanda y estaba al tanto de cuanto pasaba.

Para celebrar su alegría, Tuan cantó de nuevo:

“Hoy buitre, ayer era jabalí…
Dios, que me ama, me ha dado esta forma… 
Antes viví con una manada de cerdos salvajes. 
Hoy formo parte de una bandada de pájaros… 
Por una maravillosa decisión de la bondad divina 
respecto de mí y de la raza de Nemed, 
he aquí que esta raza está sometida a la voluntad de los demonios 
y yo, en cambio, vivo en la compañía de Dios.

Convertido en águila, Tuan vio llegar a Irlanda a Beothach, hijo de Iarbonel el profeta, de quien descienden los Tuatha De Danaan, un misterioso pueblo de dioses que dominó Irlanda, tan sabios que “es probable que el cielo haya constituido el punto de partida de su viaje: sólo así se explican su ciencia y la superioridad de su instrucción.”

Todavía era un buitre Tuan cuando llegó la última raza colonizadora, la de los hijos de Mil, quizá los milesios, que se decía habían llegado desde Grecia a través de Galicia, y que vencieron a los propios dioses, a los Tuatha De Danaan.

Antes de su siguiente metamorfosis, Tuan ayunó nueve días, tras los que se despertó convertido en salmón. Sin embargo, los buenos tiempos de Tuan se estaban acabando. la vida como salmón resultaba muy dura, porque le perseguían los pescadores, las aves y otros peces.

Uno de esos pescadores me atrapo y me llevó a la mujer de Carell, rey de este país. Lo recuerdo muy bien. El hombre me puso en la parrilla y desperté el apetito de la mujer, que me comió entero, de tal suerte que me encontré en su vientre.”

Este podría haber sido el final definitivo de Tuan, pero como sabemos que está hablando con el monje Finnen, algún asombro m´sa nos depara la historia:

“Recuerdo el tiempo que pasé en el vientre de la mujer de Carell, las conversaciones sostenidas en la casa y los acontecimientos que por entonces sucedieron en Irlanda.”

Tuan, por supuesto, fecundó de alguna manera a la mujer y nació como niño humano, al que llamaron Tuan Mc Carell, puesto que era hijo de Carell.

Mac procede de maqos, hijo; es muy frecuente que los héroes irlandeses se llamen Mac, aunque actualmente solemos pensar que es un termino escocés; los escoceses fueron conquistados por los escotos, de ahí que empleen el macy que su propia tierra se llame en cierto modo Irlanda (los escotos procedían de Irlanda).

Puesto que había presenciado todo lo sucedido en Irlanda desde los tiempos de Partolón, Tuan fue considerado un profeta. Casualmente todo ello sucedió ya en época de la cristiandad:

“Eso sucedió inmediatamente después de que San Patricio trajera la fe a Irlanda. Hubo muchas conversaciones, me bautizaron, y creí en el creador del mundo, grande y único rey de toda la creación.”

Esta es la historia de Tuan y sus metamorfosis.

Al parecer, se trata de una leyenda pagana que después se quiso prolongar hasta la llegada del cristianismo a Irlanda. Lo que supuso la consiguiente prolongación de la vida de Tuan. Para probarlo, D’Arbois de Jubainville calcula la duración de la vida de Tuan:

Primera vez como hombre 100 años
  Como ciervo 80 años
  Como jabalí 20 años
  Como águila 100 años
  Como pez 20 años

Lo que son 320, a los que hay que añadir los que vivió por segunda vez como hombre. Si hemos de llegar hasta San Finnen (siglo VI), la vida de Tuan alcanzaría al menos los 1400 años.

(Publicado en Cambiante, diciembre 2007)

 

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Los indoeuropeos y la mitología comparada

No hay ninguna certeza acerca del parentesco entre los diversos pueblos llamados indoeuropeos. Lo único cierto es que lenguas muy distantes entre sí comparten raíces comunes. Como si hubiese existido un gran imperio, a la manera del romano, del que se hubiesen desgajado diversos pueblos. Una lengua común, pero tal vez ningún parentesco.

¿Podemos decir que existe, por ejemplo, un gran parentesco entre los españoles y los rumanos aparte de compartir una lengua latina? ¿Es que los franceses dejaron de ser mayoritariamente descendientes de la población galo romana cuando adoptaron para su nación el nombre de una tribu germana, la de los francos?

A menudo la lengua, más que facilitar la compresión de los movimientos migratorios y la composición étnica, la dificulta, escondiendo semejanzas y diferencias. La tardía conquista de Inglaterra por los sajones y la posterior conquista danesa hizo que lo que hoy sería un pueblo latino por su lengua haya pasado a considerarse, si no germánico, al menos sí anglosajón, a pesar de que cerca del 40% de su vocabulario es de origen latino. Otras veces, el que dos pueblos hablen una misma lengua puede esconder diferencias mayores, como en el caso de pueblos con gran componente indígena de la América latina, que se consideran pueblos latinos y más cercanos a España que los alemanes o los marroquíes, lo que quizá sea una incongruencia, sobre todo si nos referimos a indígenas aimaras o mayas.

En el caso de los indoeuropeos, no conocemos ese origen del que derivan sus lenguas, aunque se han hecho muchos intentos de reconstrucción. No sabemos si se trataba de una gran civilización o de un pueblo nómada, que se fragmentó y distribuyo por todo el mundo. Si los actuales pueblos indoeuropeos hubieran pertenecido a un imperio semejante al romano, un descubrimiento de tal naturaleza provocaría un asombro tal vez no igualado por ningún otro descubrimiento arqueológico.

Lo que sí sabemos es que entre las lenguas indoeuropeas se incluyen, las lenguas latinas, el griego, las lenguas celtas, las germanas, la de los hititas,el armenio, el sanscrito y otras lenguas de la india, decenas de lenguas iranias y la de los antiguos medos (que tal vez eran los actuales kurdos). Una enumeración asombrosa, sin duda.

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Los principales pueblos indoeuropeos y su posible origen (en rojo)

Se conserva también mucho de la literatura original de estos pueblos y muchos antiguos mitos. En ellos se han encontrado semejanzas importantes, que no pueden atribuirse a la casualidad, como que en la India haya un dios cósmico llamado Varuna muy sejante al Ouranos griego, que los dioses de la guerra se llamen en la India Maruts, el dios griego Ares y el romano Mars/Marte. Que el Zeus griego tenga un equivalente indio llamado Dyaus Pitar y uno latino llamado Deus Pater.

La mitología comparada tiene en los pueblos indoeuropeos un campo de estudio apasionante, aunque no dudo que algo semejante se podría decir de los pueblos semitas, aunque tal vez la unificación bajo el Islam no ha permitido conservar muchas de esas tradiciones. La mitología comparada es más un arte que una ciencia, aunque se ayuda por la ciencia de la lingüística y la filología, así como por la arqueología y la historia. Pero sus practicantes se asemejan a menudo a detectives que intentan reconstruir piezas rotas, o un puzzle del que apenas quedan unas cuantas piezas. La comprobación de las hipótesis es difícil, porque no hay manera de ponerlas a prueba en experimentos decisivos. La mayor verosimilitud se consigue al construir un edificio coherente, en el que pequeños detalles son interpretados o reinterpretados, mostrando un nexo al principio sorprendente, pero que paso a paso va demostrándose más y más plausible. Naturalmente, puede darse el caso de que un descubrimiento arqueológico confirme alguna de estas teorías, pero, casi todas ellas deben su prestigio a la elocuencia de sus defensores y al consenso más o menos amplio y más o menos cambiante de los expertos en la materia.

El filósofo Bertrand Russell decía que a menudo pensaba que la filosofía era una rama de la literatura. Georges Dumézil, que fue el mayor experto en mitología comparada relacionada con los indoeuropeos, admitía que, como suele suceder a menudo en este campo, sus teorías podrían ser en el futuro refutadas por mejores investigadores, y todos sus descubrimientos negados y considerados mera fantasía. En ese caso, dijo, tampoco pasaría nada grave: bastaría con cambiar sus sus libros de estante, quitarlos del de la ciencia y ponerlos en el de la literatura.

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Helena de Troya y su doble

Cuando Troya fue saqueada por los griegos, Menelao recuperó a su esposa Helena, a causa de la que había muerto tanta gente, y se la llevó de regreso a Esparta. Fue un curioso comportamiento, pues la costumbre que se seguía con las esposas infieles era matarlas, y, además, casi todo el mundo pensaba que Helena no fue raptada, sino que huyó con Paris por su propia voluntad.

Helena y paris

 

    Helena y Paris en la versión de Jacques Louis David

Aunque Helena fue raptada por el joven Paris, casi todos piensan que la esposa de Menelao amaba a su raptor. Helena de Troya es el símbolo de la pasión y el sexo, frente a las virtudes de la castidad y la fidelidad de Penélope, quien esperó a su esposo Ulises durante veinte años en Ítaca resistiendo el acoso de sus pretendientes.

También se decía que, durante el sitio de Troya, Aquiles había logrado pasar una noche con ella. Por si esto fuera poco, cuando murió Paris, Helena se casó con otro de los hijos del rey de Troya: Deífobo, con el que vivió hasta que los griegos conquistaron la ciudad. A ello hay que añadir los amores que tuvo, cuando era casi una niña, con su primer raptor, Teseo.

A pesar de que muchos caudillos griegos exigieron un escarmiento a la voluble Helena, Menelao perdonó a su esposa y se la llevó con él en su regreso a Esparta.

Helena y Menelao

Helena huye del victorioso Menelao y parece implorar ayuda a un arbusto sagrado (¿un olivo de Atenea?). Pero la intención de Menelao no parece ser matar a Helena, pues ya ha dejado caer la espada. Tal vez, al verla de nuevo, olvidó sus deseos de venganza. Este dibujo parece confirmar una versión que recoge Robert Graves: “Algunos dicen que Helena misma le hundió una daga en la espalda a Deífobo , y que esta acción, y la vista de sus pechos desnudos, debilitó de tal modo la resolución de Menelao, quien había jurado: «¡Ella morirá!», que arrojó su espada y la condujo a salvo a las naves.” (Los mitos griegos)

Sin embargo, los rumores acerca del comportamiento de Helena en Troya eran atronadores. Afortunadamente, alguien (hay que imaginar que el ingenioso Ulises) ideó una solución que actualmente se emplea mucho para combatir los rumores: propagar un rumor contrario: Helena nunca había estado en Troya.

La cosa resultaba difícil de creer porque la guerra había durado diez años y cientos de troyanos y aqueos habían visto a Helena en la ciudad sitiada. Pero la imaginación griega no se detenía ante detalles tan nimios. Según el rumor hábilmente propagado, Paris no había raptado a Helena, sino a una réplica exacta, hecha de nubes.

“Hay un antiguo medio de purificación para aquellos que se han equivocado hablando de los dioses. Homero no lo conoció, pero Estesícoro se sirvió de él. Privado de la vista por haber hablado mal de Helena, no despreció, como Homero, la causa de su desgracia, sino que, hombre inspirado por las Musas, apenas se dio cuenta de lo que ocurría, cantó:

He hablado con mentira, Helena pura
Decir de ti cual dije fue tramoya
pues de embarcar te libró la cordura
¿Cómo pudiste, pues,  nunca ir  a Troya?

(Platón, Fedro)

Imaginemos que la gente llegara a creerse esa historia, pero, si Paris se había llevado una falsa Helena a Troya, todavía queda una pregunta: ¿dónde estaba la verdadera Helena?

La respuesta es: en el país del misterio para los antiguos griegos, Egipto. Cuando la falsa Helena fue raptada, aseguraban los rumorólogos, la diosa Hera ordenó a Hermes que llevara a la verdadera Helena a la corte del rey egipcio Proteo.

En conclusión: Helena pasó los diez años que duró la guerra de Troya en Egipto, resistiendo el acoso del hijo del rey Proteo, Teoclímeno, a semejanza de lo que hacía la fiel y admirada esposa de Ulises, Penélope, en Ítaca.

Cuando Menelao regresó de Troya con la falsa Helena, se detuvo en el reino de Proteo, justo a tiempo de salvar a la verdadera Helena del último acoso de Teoclímeno. Los dos esposos se reconocieron y la falsa Helena se disolvió para siempre.

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El deus ex machina de la Medea de Eurípides

Deus ex machina, o apò mekhanês theós, quiere decir «Dios a través de la máquina». Se refiere a un mecanismo de poleas que en los teatros griegos permitía que un personaje apareciese en el escenario como si descendiese desde las alturas. “Cuando el desenlace de una obra no resultaba fácil y la situación estaba muy embrollada, se utilizaba la máquina para hacer descender a Zeus, quien era capaz de arreglarlo todo en un momento: «Tú te irás con Fulano», «Tú regresarás a tu patria y no tomarás venganza», «Tú heredarás el reino». Gracias a la intervención del padre de los dioses el mundo volvía en un instante a estar ordenado, lo que era un alivio para el autor de la obra, que, de este modo, salía fácilmente de cualquier callejón sin salida narrativa”.
(Las paradojas del guionista, 252)

Aristóteles desaprueba el recurso fácil al deus ex machina en su Poética:

“El desenlace también debe surgir del argumento mismo, y no depender de un artificio de la escena, como en la Medea” (Aristóteles, Poética).

En la Medea de Eurípides, en efecto, Apolo salva a Medea de una muerte segura enviándole el carro del Sol, en el que huye.

El deus ex machina en la antigüedad grecolatina era, en definitiva, un recurso fácil que no nacía de la trama misma. Tampoco le gustaba a Platón:

“A menos que prefieras que, como los tragediógrafos cuando se encuentran sin salida y recurren a los dioses levantándolos en máquinas, así también nosotros nos demos por vencidos alegando que los nombres primarios los establecieron los dioses y, por eso, son exactos. ¿Será éste nuestro argumento más poderoso?”

Hoy en día, la expresión deus ex machina se emplea para referirse a un desenlace que no se deduce de manera lógica de la trama, sino que resulta gratuito: aparece un personaje del que no hemos tenido noticia en toda la película, o conocemos en el último instante un dato que lo resuelve todo.

De este modo se consigue un desenlace sorprendente, pero no inevitable, y hay que tener en cuenta que uno de los consejos más interesantes que se pueden aplicar a un guión es que su desenlace sea sorprendente pero, al mismo tiempo, inevitable. Es decir, que el espectador se lleve una pequeña o gran sorpresa, pero, también exclame: “¡Este es el desenlace que tenía que ser!”.

Aristóteles también menciona esta paradoja de lo sorprendente e inevitable:

“Tales incidentes tienen el máximo efecto sobre la mente cuando ocurren de manera inesperada y al mismo tiempo se suceden unos a otros; entonces resultan más maravillosos que si ellos acontecieran por sí mismos o por simple casualidad. En efecto, hasta los hechos ocasionales parecen más asombrosos cuando tienen la semejanza de haber sido realizados a designio; así, por ejemplo, la estatua de Mitis en Argos mató al hombre que había causado la muerte de aquél al caer sobre éste en una ceremonia. Hechos de tal tipo no parecen sucesos casuales. Por eso las fábulas de esa clase resultan necesariamente mejores que las otras.” (Poética, 1452a)

Horacio dice en su interesantísima Arte Poética (o Epístola a los Pisones) que los dioses no deben intervenir para solucionar el desenlace, excepto cuando sea inevitable:

“Un dios nunca intervenga: sólo que el desenlace

requiera juez divino”.

Cuando el guionista decide no seguir las normas del relato que él mismo ha creado y emplea una solución narrativa injustificada está, pues, recurriendo a un deus ex machina.

Los dioses no siempre eran deus ex machina para los griegos

Hay que tener en cuenta, no obstante todo lo anterior, que la intervención de un dios en una obra griega no es equivalente a la de un personaje inesperado en una obra actual, por ejemplo, a la intervención de un ángel en una historia costumbrista. Por la sencilla razón de que, en el cosmos narrativo y dramático griego, los dioses no son accidentales, sino necesarios.

Las historias que fabularon los griegos siempre, o casi siempre, están relacionadas con los dioses. Son los dioses quienes complican las vidas de los humanos, quienes les persiguen, pero también quienes les ayudan o les sacan de apuros. Son los dioses quienes, finalmente, deciden qué sucederá con sus vidas. No es que los dioses actúen de esta manera porque así lo exige el teatro, sino que el teatro cuenta estas cosas porque así lo exigen los dioses, o al menos la concepción tradicional griega de la realidad.

La guerra de Troya se desencadena porque tres diosas le piden al pastor Paris que elija a la más hermosa de ellas. Afrodita le promete que le dará a la mujer más hermosa si resulta elegida, así que como Paris la nombra la más bella, Afrodita tiene que ayudar al pastor, ahora convertido en príncipe de Troya, a raptar a Helena de Esparta, con lo que se inicia la guerra fatal y se da excusa a La Ilíada de Homero.

Un dios, Poseidón, es quien impide a Odiseo (Ulises) regresar a su tierra de Ítaca, y una diosa, Atenea, es quien le ayuda a conseguirlo. Homero lo contará en La Odisea.

Todo se inicia por los dioses y todo se resuelve por ellos.

Así que la intervención de un dios en una obra de teatro griego no es simplemente un recurso fácil. Es, en definitiva, razonable que al final de la obra un dios descienda al escenario y decida de qué manera se va a reordenar el cosmos y la vida de los protagonistas del drama.

Casi se podría sostener que lo que llamamos novela surge precisamente cuando los dioses son relegados a un lugar secundario, como en Las efesíacas, o Quéreas y Calirroe. Los dioses, aunque intervengan, sólo juegan un papel retórico. Ya no son historias protagonizadas por dioses, semidioses y héroes emparentados con las divinidades, sino que se trata de personas, digamos, vulgares y corrientes.

Algo semejante sucede en la comedia, por ejemplo en Menandro o en el latino Plauto, cada vez más cotidianas y alejadas de lo divino. Lo que no impide que los dioses intervengan de vez en cuando, pero ya no se trata de dramas míticos, como son las obras de Sófocles, Esquilo y Eurípides.

Seguramente, habrá que esperar a los autos sacramentales cristianos para que los dioses recuperen el protagonismo absoluto, incluso más que en Grecia, puesto que las obras religiosas cristianas se construyen explícitamente para llegar al deus ex machina, a la intervención de Dios, la virgen o los ángeles, al milagro que necesariamente se ha de producir, porque ese milagro es la prueba de que existe Dios y la razón que nos ha de llevar a vivir continuamente en el temor y el amor de Dios.

La Medea de Eurípides

Ya se ha visto que Aristóteles menciona la Medea de Eurípides como ejemplo de mal uso del deus ex machina.

Sin embargo, tal vez la opinión de Aristóteles acerca de la Medea no esté del todo justificada. Recordemosla antes de discutirla:

“A partir de esto se advierte (para formular una digresión) que el desenlace también debe surgir de la fábula misma, y no depender de un artificio de la escena, como en la Medea de Eurípides”.

El argumento de Medea cuenta que Medea está casada en Corinto con el argonauta Jasón, pero que el héroe pretende repudiarla para casarse con Glauce, la hija del rey Creonte. Furiosa, Medea decide vengarse. Consigue que Glauce acepte un vestido envenado y tanto ella como su padre Creonte mueren entre terribles dolores. Después, Medea mata a dos de los hijos que ha tenido con Jasón. Cuando finalmente Jasón va a buscarla para vengarse…

JASÓN
golpeando la puerta.

Los cerrojos cuanto antes corred, mis servidores,
quitad las barras, vea yo mi doble desdicha:
ellos ya muertos y ella… su pena haré que pague.

Aparece en lo alto de la casa
Medea llevada en un carro por dragones
alados; sobre el carro los cadáveres de sus hijos.

MEDEA
¿Por qué la puerta así sacudes en tu intento
de buscar a los muertos o a mí, que les maté?
Ahórrate el trabajo. Si de mí necesitas,
háblame cuanto quieras, mas no podrás tocarme:
tal es el carro alado que me da Helio, mi abuelo.

Medea mata a sus hijos

 

Así que Medea logra escapar por la intervención de un dios y de un deus ex machina, el carro de su abuelo el sol (Helios es el dios Sol), que sin duda resultaba una visión espectacular cuando descendía sobre el escenario del teatro.

Sin embargo, como se dijo antes, la intervención divina, aunque posible gracias al artilugio mecánico que existía en los teatros griegos, ¿es realmente un deus ex machina?

Hay que tener en cuenta que Eurípides no se inventa la historia de Medea. Era una leyenda muy conocida y los espectadores del teatro sabían que ella lograba escapar, puesto que todavía tenía que jugar un importante papel en otro mito, el de Teseo y su padre Egeo. Y según esa leyenda, Medea escapaba de Corinto precisamente en el carro de Helios. Así que no sucede otra cosa que lo que tenía que suceder.

El carro de helios de Medea

El carro de Helio

El propio Eurípides dedica un breve pasaje de la obra a describir el encuentro entre el rey Egeo de Atenas, que regresa del oráculo de Delfos, y Medea. Allí vemos que Medea le promete un remedio para su esterilidad y que le pide refugio en Atenas, tras contarle la traición y el repudio de Jasón. Egeo le promete refugio en Atenas.El espectador está informado, por tanto, de que Medea confía en cometer su crimen y después escapar. Quizá representase una cierta sorpresa ver que la manera en que escapa es el carro de Helios, con lo que se trataría, en todo caso, de un desenlace sorprendente pero inevitable.

Por ello, sorprende un poco la reacción de Aristóteles.

Meva Onyurt en Understanding aristotelian tragedy dice que esa reacción podría deberse, más que a una cuestión narrativa, a una cuestión moral: Medea es una criminal y no puede salvarse de esa manera, ni los dioses deberían ayudarla.

Es una explicación posible. De todos modos en contra de la supuesta opinión “moralizadora” de Aristóteles hay que recordar que una de las versiones del mito asegura que el propio Zeus se enamoró de Medea al ver su poderosa determinación y que quiso repudiar a su esposa Hera. Medea se negó a aceptarlo, algo por lo que Hera siempre le estuvo agradecida.

 

Medea por Eugene Delacroix

Medea, por Eugène Delacroix

 

 

 

 

Una interpretación socio-política de Medea

Un aspecto curioso es que según las versiones más antiguas, Medea no mató a sus hijos, sino que lo hicieron los corintios. Se dice que fueron ellos también quienes sobornaron a Eurípides con 15 talentos de plata para que hiciera recaer todas las culpas sobre Medea y exculpara a la ciudad de Corinto.

Si suponemos que en la leyenda original, Medea no mata a sus hijos, resulta mucho más razonable que ella pueda usar ese carro salvador. De ser así, en cierta manera sí se podría decir que el aspecto moral pudo influir, como dice Onyurt, en la opinión de Aristóteles, aunque de una manera muy indirecta: habría sido razonable si no hubiese matado a los hijos, pero deja de serlo al convertirse en una criminal.

María Dolores López Galocha ofrece un análisis muy interesante de la obra en Estudio socio-político de la Medea de Eurípides, que contradice la idea de que los corintios sobornaron a Eurípides para que atribuyera los crímenes a Medea y no a ellos. Sucedió más bien lo contrario, dice López Galocha, pues con su Medea Eurípides quiso referirse, de manera a veces muy directa, un conflicto político que, precisamente tenía que ver con Corinto. Meses antes del estreno de la Medea de Eurípides, habían tenido lugar tensas negociaciones en Atenas:

“Entre su Asamblea y diversas embajadas espartanas enviadas, al parecer, con la finalidad de evitar que la guerra entre peloponesios y atenienses estallara (Tuc. 1, 126-145). El conflicto de Corcira-Epidamno-Corinto, el asunto de Potidea, del que no pueden separarse las acciones subversivas de Perdicas de Macedonia, y la promulgación del Decreto Megárico son los hechos que jalonan un peligroso tira y afloja de poder entre Atenas y Corinto, que acabó rompiendo el difícil equilibrio logrado con el Tratado del -446/-445.”

En aquellos momentos, olvidada ya de la unión griega contra los persas, la democracia imperial ateniense era presentada por corintios y espartanos como un enemigo de la libertad con el que había que enfrentarse. Corinto y Esparta querían una excusa para romper el pacto vigente entre ellos y Atenas:

“Corinto, que veía peligrar sus intereses en zonas de gran importancia para su economía y, en consecuencia, disminuir su prestigio como segundo estado dentro de la Liga del Peloponeso, maniobró tanto en Esparta, cabeza de la Liga, como junto a los restantes estados peloponesios, para conseguir que Atenas fuera considerada culpable de haber roto el Tratado de los 30 Años y declararle la guerra.”

Es por ello, dice López Galocha, que se insiste tanto en la obra en la ruptura por parte de Jasón del pacto, del matrimonio con Medea, que hace Jasón. Ese es el tema que pone en marcha la obra y esa es la razón de la actitud de Medea. El Coro siempre considera justificado ese reproche a Jasón, a veces en versos que, efectivamente, parecen tener una doble lectura con la política del momento:

“Se fue el respeto de los juramentos,

el pudor ya no es dueño de la Hélade inmensa; voló al cielo. 440).

Por ello, dice López Galocha:

“Es en relación con esta problemática donde debemos situar a Medea, y no suponer que Eurípides era ajeno a la misma. La alabanza que el Coro entona en honor de Atenas (vv. 824 y ss.) no persigue sólo agradar al público asistente, a las autoridades o al corego que la ha financiado. Es una contestación a la propaganda peloponésica contra Atenas, un recordatorio del papel jugado por ésta en el pasado, su reivindicación como centro benefactor de la Hélade, y una incitación a la defensa del bienestar de que gozaban los atenienses.”

Esta interpretación, perfectamente compatible con las anteriores, también muestra, en contra de la opinión de Aristóteles que la intervención de los dioses es perfectamente justificada y necesaria:

“Desde el momento en que Medea anuncia su intención de castigar el ultraje sufrido, jamás es acusada de obrar injustamente, sino todo lo contrario. Es más, en los versos finales, así como en su último parlamento con Jasón, se muestran sus actos como ejecutados con consentimiento de la divinidad. Medea ha invocado una y otra veza Zeus, guardián de los juramentos y protector de los xénoi, y aTemis (vv. 160y ss., 205 ss., 515 ss., 760 Ss.); y cuando al final de la obra, ya victoriosa en lo alto de la escena, sobre el carro alado regalo de su abuelo el dios Helios y con los cadáveres de sus dos hijos, Jasón invoca a los dioses y a Zeus reprochándoles su inactividad ante el crimen de Medea, ninguno le responde (vv. 1390 ss, 1405 y ss.), no ya porque Eurípides creyera o no en los dioses, o porque presentara al ser humano librado a su propio destino, sino porque Jasón fue el primero que les ofendió rompiendo los juramentos hechos en nombre de Zeus por beneficio propio.”

Esta aquiescencia de los dioses y del Coro no se extiende al asesinato de los niños, que es condenado, y de nuevo aquí Eurípides parece querer decirnos algo: que por esta violación de los juramentos morirán inocentes.

La conclusión, dice López Galocha es que:

“Medea, siendo víctima se ha convertido en verdugo, de la opresión ha pasado a la libertad. Montada en su carro alado, ubicado en el lugar reservado en la escena a los dioses, y ya desvinculada de su pasado, sabe, al contrario que Jasón, muy bien a dónde ir: a Atenas, la ciudad que se “ofrece como remedio a la ceguera, como patria de gentes lúcidas, que respetan todos los derechos y ofrecen su comprensión a los maltratados por la fortuna”.

Como se ve, ya se interprete en clave mitológica, ya socio-política, el desenlace de Medea, aunque suceda a través de la máquina que se emplea para los deus ex machina, no puede considerarse propiamente un deus ex machina, sino un final anunciado e incluso necesario.

Eurípides termina su obra con unos versos en los que deja bien claro lo que he intentado explicar aquí, que todo está en manos de los dioses y que, además, nada es imposible en una obra dramática en la que ellos intervienen, pero que son ellos los que deciden el desenlace de una historia como la Medea:

CORIFEO
Muchas cosas el Zeus del Olimpo gobierna;
lo que cumplan los dioses prever no se puede.
Lo esperado no dejan que llegue a su fin,
consiguen que se haga real lo imposible.

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Las invasiones afortunadas

La invasión de las islas británicas por Roma fue un triunfo a medias o una derrota parcial. Los romanos lograron asentarse en las islas pero no dominarlas, y nunca se decidieron a invadir Irlanda.

A ello debemos el que se haya conservado una de las más interesantes literaturas, y casi el único resto de una cultura, la celta, que dominó casi toda Europa y que llegaba hasta Turquía.

Otra invasión, la del rey Harald de los cabellos dorados, está en el origen de otra gran literatura que quizá ni siquiera se habría escrito si los nobles noruegos no se hubiesen hecho a la mar con tal de no someterse al nuevo rey del norte. Los nobles rebeldes llegaron a Islandia y allí, en un aislamiento semejante al de Irlanda, escribieron las incomparables sagas y eddas, que son también casi lo único que queda de la antigua cultura germánica.

Aunque podemos lamentarnos por lo que se ha perdido, e imaginar qué maravillas podríamos haber disfrutado si celtas y germanos hubiesen tenido la oportunidad de trasmitir su cultura, una mirada atenta tal vez nos revelaría que esas literaturas prodigiosas no son el resto que sobrevivió a las invasiones, sino su consecuencia. Sin las invasiones tal vez no habría habido literatura celta o germana.

Los germanos, por cierto, tuvieron la oportunidad de trasmitir su cultura cuando se apoderaron de todo el imperio romano de Occidente. Sin embargo, apenas dejaron nada, excepto algunas referencias que se pueden rastrear en monjes ya cristianizados como Beda el venerable o Saxo Gramático. (y la excepción, tardíamente encontrada, de El cantar de los Nibelungos, que es una de las pocas muestras literarias germanas que no fue escrita en Islandia).

El aislamiento de Irlanda le permitió desarrollar una cultura propia, que tal vez no tenía demasiada relación con lo que había sido la cultura de los celtas o de los germanos continentales, ya fueran galos, belgas, del norte de Italia o celtíberos. Tal vez sucedió algo parecido con Islandia.

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El origen de los indoeuropeos

Los celtas son, como los germanos, los latinos, los eslavos, los griegos, los hititas, los kurdos, los armenios, los persas o los indios de los Vedas, pueblos indoeuropeos.

Eso no significa que entre ellos exista un parentesco racial, porque lo único seguro es que estos pueblos hablan lenguas que tienen un origen común. Se les ha llamado “indoeuropeos” porque uno de sus extremos está en India y el otro en Europa, aunque lo cierto es que se trata de un neologismo que mezcla una nación con un continente. Otros han propuesto fórmulas como indogermanos o indoislandeses, si consideramos que el pueblo más lejano de la India es el islandés. También se ha dicho: indoceltas o indoirlandeses. Otras propuestas son quizá más razonables, pero tienen el inconveniente de cierta desagradable reverberación política: arios o indoarios. Puesto que arios son todos los pueblos iranios (Iran significa “país de los arios”), como los kurdos, los persas, los medos, los armenios e incluso muchos pueblos escitas, como los osetas y los alanos.

La denominación “indoeuropeo” tiene el inconveniente de olvidar a los arios, que son uno de los tres grupos principales, pero también es cierto que indoario parece dejar de lado a todos los pueblos que se agrupan bajo la denominación euro (eslavos, germanos, latinos, griegos, celtas…). ¿Podemos sugerir euroarios, puesto que los autores de los Vedas indios eran también arios?

En cuanto al origen de los indoeuropeos y la explicación de por qué su lengua procede de una lengua anterior, las teorías se multiplican.

Se supone que los diversos pueblos indoeuropeos fueron en su origen una población nómada que se dispersó de manera asombrosa, llegando desde las islas británicas hasta los confines de la India. O tal vez, y esa sería una posibilidad asombrosa, su origen deba buscarse en un gran imperio como el romano, de cuya crisis y decadencia surgieron decenas de pueblos hasta entonces unificados bajo una lengua común.

Podemos imaginar que la gran batalla de Kurukshetra que se cuenta en el Mahabarata y que enfrentó a los Kauravas y los Pandavas pudiera ser el origen de algunas migraciones indoeuropeas, pero tal vez ya hubo otras anteriores, pues algunos fechan esta terrible batalla, en la que se dice que participaron millones de hombres, hacia el -800. Lo que daría una interesante relación con los movimientos de los pueblos del mar en el mediterráneo y el cercano oriente, si es que a la cronología tradicional se le pueden restar doscientos o trescientos años. No hay que olvidar, por ejemplo, que los textos homéricos se sitúan hacia esos años. Pero otros sitúan la célebre batalla hacia el -1400 o hacia el -2000 (¡incluso en el -3000 o el -5000!) Todas estas fechas son interesantes para el aficionado a la historia, la mitología y las religiones.

Pero todas estas cronologías pertenecen más que a la historia a la literatura fantástica, y es difícil confirmarlas o refutarlas, a no ser que se produzcan increíbles descubrimientos.

Entre los diversos pueblos indoeuropeos existen algunas semejanzas que asombraron a los estudiosos cuando en el siglo XIX descubrieron que el antiguo sanscrito, en el que están escritos los Vedas y los Upanisads de la India estaban escritos en una lengua emparentada con el latín, el griego, las lenguas eslavas o las germanas.

Existen muchas semejanzas asombrosas en las mitologías indoeuropeas. Algunas de las que nos llaman la atención son que en Grecia haya un dios cósmico llamado Urano (el cielo) y en la India un dios de similares características llamado Varuna. Que el Zeus griego sea el Deus Pater (dios padre) o el Iu-Piter/Júpiter latino , pero también el indio Dyaus Pitar. Que los dioses de la guerra indios se llamen Maruts y que el Ares griego o Marte (mars) romano se acompañado por dos gemelos, Fobos y Deimos, que recuerdan a esa pareja belicosa india. Mediante esta y otras coincidencias, se podría llegar a reconstruir, y se ha intentado varias veces, una primitiva mitología indoeuropea.

Posiblemente el que más ha avanzado por ese camino haya sido Georges Dumezil, que elaboró la teoría de las tres funciones comunes a los diversos pueblos indoeuropeos, mostrando semejanzas asombrosas, por ejemplo, entre Roma y la India, una de las más curiosas que los sacerdotes romanos Flamines podrían ser ni más ni menos que los brahmines de la India.

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